Siento que debo rescatarlo, que debo por lo menos enseñarle el camino, y aunque esté seguro de que tampoco conozco su ruta, él no sabe eso. Y aunque sea estúpido, si cae él, caigo yo.
Me desprendo de algún modo, me veo atado a él, inmiscuido en su vida, y cuando me veo en el espejo, de pronto, a veces me parece que también lo veo, hay un guiño en el rastro de los labios, en la estructura del rostro, de pronto, logro dibujar también su cara obscena, triste, llena de hoyos, pobre. Parapadeo, se borra, pero esos momentos me asustan, de pronto siempre sospecho que puedo estar convirtiéndome en él. Cuando lo encuentro, cabizbajo, entristecido, al principio hago como que lo ignoro, como si no estuviera realmente ahí, pero luego, un impuslo, frenético me lleva hasta él, a detenerme a su lado a desmenuzarlo en todos los adjetivos que se me ocurran, y empezamos a discutir, peleamos arduamente, llego incluso a dibujarle situaciones detalladas, todo con tal de demostrarle que está sumamente equivocado, que su visión carece de sentido absoluto. Pero, de qué sirve discutir, esgrimir y armar argumentos y tesis, si se combate contra presentimientos, prejuicios, ilusiones, que terminan dando conclusiones, erradas y falsas, pero que son sostenidas con vehemencia y a las que se les otorga el grado de potencia endiosable, indiscutible, por decir lo menos.
Siempre, mientras discutimos (que en realidad es otra cosa, puesto que él siempre está callado, y solo, cuando puede, después de que he argumentado, dependiendo del estado, colérica o compresiblemente sus ideas, las repite, una a una, agregándoles de pronto, algúnos detalles, para encuadrarlos en el momento, hora de la tarde, o color del crepúsculo), suelo pensar que todo es en vano, que debo dejarlo caer. Pero sospecho obsesivamente también que debo observarlo, que debo evitar a todo momento que empieze nuevamente con su andar meditabundo, con una tristeza henchida en el pecho, y una cáustica que va pergreñando en su rostro una impavidez ante el mundo casi espectral, repitiendo sus ideas y conclusiones absurdas una y otra vez, con los detalles nuevos. Todo esto de tal forma que comienza nuevamente el círculo vicioso, comenzamos nuevamente, sospechando siempre sobre la utilidad del seguimiento, sobre la posibilidad de encerrarme junto a él en el hoyo, sobre la también absurda insistencia en querer rebatir sus errores. Pero bueno, sospecho que de alguna forma, alguna vez, olvidará todo, y es en esos momentos, cuando voy imaginando estoy no tengo ninguna idea para sustentarme, más que mi clásico: ningún invierno dura dos años, es justo ahí que considero que me parezco a él, y es ahí donde el martirio toma las notas encarnadas de la obsesión, y siento que esta confusión terminará matándome de mi, que al final terminaré siendo otro, quizá él, y eso es algo imperdonable.
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