domingo 29 de agosto de 2010

Las diez y media.

Esos manchones brillantes y luminosos, que pasan vertiginosa e indolentemente ante mis ojos, me ponen un poco nostálgico, cosa rara, pero así es. Fugaces, estremecedores, momentáneos e irisdicentes, desvaneciéndose procazmente, me hacen pensar en que así precisamente son los momentos que tiñen mi vida de absurdo ahora. En este paradero de combis, es adonde vengo a sentirme profundamente triste. Indescriptiblemente y también absurdamente triste, pensando en que los instantes de mi vida pasan a la velocidad de estos autos, intangibles, indetenibles, indescifrables, como el día a día. Sin poder asir siquiera nada más que su conjunto, que no termina siendo más que una mancha. Sentir que la vida se me escurre ante mi impavidez. No decir nada, solo atinar a entristecerme, y nada más. Mis días me son completamente ajenos, a veces me queda la noche, pero es un consuelo errático, sin posibilidades. Me estremezco ante la ciudad y yo andando en ella, contando pasos, deteniéndome de pronto a no ver nada para mirar adelante, sostenidamente y sin sustento, sin base, sin forma.